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LA OBSESIÓN POR LOS PEQUEÑOS DETALLES Reflexiones

  • LA OBSESIÓN POR LOS PEQUEÑOS DETALLES

Hay dos maneras de hacer las cosas, bien o mal”

Me crie entre herramientas de fontanería, ya que mi padre se dedicaba al “arte de conducir las aguas” y desde pequeño tuve la oportunidad y la suerte de aprender esta hermosa profesión. Trabajé para la empresa de mi padre durante los años de mi adolescencia y juventud; verdaderamente fue la escuela más grande que he tenido en mi vida. Ni el sistema educativo ni la universidad han sido capaces de aportarme tantas lecciones que me hayan sido tan útiles tanto en mi vida personal como en la profesional.

Definitivamente, si tuviera que volver a vivir mi vida en esos años, elegiría la misma vida que he vivido; no todos pueden decir algo así, lo sé, pero es cierto.

Mi padre siempre me inculcó la creencia de que solo hay dos maneras de hacer las cosas, “bien” o “mal”; no hay término medio.

Esto me exigió durante años un nivel de atención demasiado estricto en los procesos de las cosas que hacía, pero llegado este momento de mi vida estoy firmemente convencido de que es una de las mejores creencias grabadas en mi cabeza.

Defiendo a ultranza esta postura, sé que millones de personas han sido educadas y entrenadas en vivir en la mediocridad, perdón, en la “media”; es decir no ser ni el mejor ni el peor, simplemente del montón, no destacar.

Aquello de “no dar la nota”, ser de lo que son la mayoría… de la media.

Un día comprendí que la palabra “mediocridad” proviene de “media” y entonces entendí que millones de personas han sido educadas en la “mediocridad”; no es de extrañar muchas de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Profesionales mediocres que para colmo se creen perfectamente capacitados para realizar sus trabajos. De hecho en esta (mi profesión) los hay a “cajas llenas”.

En el año mil ochocientos ochenta y seis se inauguró en New York uno de los monumentos más visitados del mundo: “la estatua de la libertad”.

Este monumento es una de las obras magnas de Frédéric Auguste Bartholdi, escultor francés obsesionado con los “pequeños detalles”.

Imagino a Bartholdi trabajando en su monumento y tomando decisiones acerca de si acababa los detalles de la estatua con precisión o la dejaba “digna de ser vista”.

Lo que quiero decir es que, al fin y al cabo, estamos en el año mil ochocientos ochenta y tantos, lo que significa que no existían aviones, ni prismáticos de visión definida, ni cámaras con zoom, etc.

Por lo que jamás nadie podría ver de cerca los detalles de la cara de la estatua de la libertad.

¿Qué sentido tiene pararse a realizar los detalles del pelo, de las cejas, de la nariz…?

Nadie podría verlas nunca de cerca.

Cuida los pequeños detalles”; este fue uno de los lemas de vida del escultor alsaciano, quien eligiendo hacer las cosas bien incluso llegó a pulir con cuidado y esmero el interior de la oreja de la mujer que representa la independencia y la libertad.

Creo que es un gesto de enorme excelencia. ¿Quién iba a pararse a mirar dentro de la oreja de la estatua?

Esta historia me recuerda a cuando mi padre me pedía que pusiera los tubos derechos y bien puestos (decía él), a lo que yo a veces le respondía: “Pero si estarán tapados, no los verá nunca nadie”.

Basta con que tú sepas que no están bien puestos”—me decía mi padre.

Respuesta definitiva y contundente para mostrar que solo hay dos maneras de hacer las cosas, “bien” o “mal”; y a esto habría que añadir que no hace falta que alguien las vea para que las hagas y las acabes como si de ello dependiera el futuro de nuestra especie humana.

Imagino a Bartholdi el día de su muerte y lo quiero imaginar yéndose de aquí con la sensación de haber hecho las cosas bien.

Cuando les digo a miles de empleados al cabo de un año en nuestros cursos que deben de “crecer profesionalmente” no me refiero (solamente) a crecer en la organización en la que estén trabajando, sino a que cada día hagan mejor su trabajo.

Obsesionarse con hacer las cosas de manera excelente, sobresaliente.

Sé por experiencia propia que esta exigencia hace que a veces se sufra por no llegar a lo que tú mismo te pides a ti, pero también estoy firmemente convencido que algo de lo que necesita este país es gente que cada día haga las cosas bien, sin excusas y sin esperar a que “el otro” empiece.

Me parece que, como Bartholdi, debemos de aspirar a “pulir” lo que nadie ve para que al menos en nuestro corazón sepamos que entre las dos opciones de cómo se hacen las cosas, elegimos la de hacerlas bien, aun sabiendo que siempre habrá alguien que esté listo para criticar lo que hemos hecho, de eso nunca nos libraremos. De hecho, cuanto mejor hagas tu trabajo, más dejarás en evidencia la mediocridad del que está al lado, jugando a “acabar su estatua de manera digna”.

¿Te atreves a cuidar los detalles?”.

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